Rincón Poético

Vuelo en Sopó

Hablando de despegues en cometa desde precipicios, este sitio, en lo alto de una montaña en el pueblo de Sopó al norte de Bogotá, tenía una pared que de verdad logró intimidarme al punto que llegué a tener físico miedo acercarme al borde y por supuesto a despegar. A esto le añado que coincidencialmente estaba un compañero de universidad de mi madre observando a los “locos” salir corriendo hacia el vacío y se sorprendió al descubrir ¡que era hijo de su amiga! Y me dijo, – ¿Carlos Darío, usted se va a tirar a ese precipicio?... ¡usted está loco! – Esto me acabó de llenar de pánico estomacal.

Edgar ya había volado de este sitio y así observé el cómo lo hacía. Alistó su cometa, la llevo al borde del precipicio. Despegó prácticamente en perdida pues casi no había pista para despegar y en la caída tomó velocidad para volar. Se vio como si el hueco se lo hubiese tragado y después más adelante lo hubiese “escupido” hacia arriba regresándolo de nuevo a la vida. Casi me arrepiento de solo pensar en la caída pero en realidad no había motivo real para abandonar mi intento aparte de que se veía horrible, así que tomé aire, me preparé y llevé mi cometa blanco y negro que llamábamos la Zebra al borde de tan majestuoso paisaje. Me impulsé solo con dos pasos, mi cuerpo entró en esa etérea dimensión del vuelo y apenas empecé a caer di un ligero empujón a la barra a modo de obligar a la vela a tomar aire al estilo paracaídas. Esto infló la vela y así pude nivelarme y salir de la perdida con un fuerte silbido del viento entregándome de nuevo vida para volar. La vista hacia abajo de la pared era tan maravillosa que hice un viraje para volver a volar sobre este sitio. Recordé la antigua película “La fortaleza prohibida” (The sky riders) donde unos cometistas en sus standards bajaban volando a una fortaleza rodeada de farallones para salvar a sus amigos. Fue con esa película que se aceleró la “fiebre” por este deporte en Colombia.

Precisamente un poco más abajo de la montaña estaba empotrado sobre una gran roca una pequeña capilla que me hacía sentir como si yo fuera uno de los protagonistas de aquella película. Di varios virajes para disfrutar la vista de esta pequeña Iglesia. Estaba como transportado a otro mundo al ver tanta belleza a mi alrededor. Me decía a mi mismo abriendo los ojos a pesar del viento en mi cara, – Dios mío que es esto tan bello...que paisaje mas divino. –

A medida que perdía altura me separé de la montaña y empecé a volar sobre el área de aterrizaje pero cometiendo el error de mantenerme todavía pensando en aquellos fantásticos lugares. Era la primera vez que aterrizaba aquí y en mi mente se me “invirtieron los cables” confundiendo la dirección de aterrizaje y empecé a hacer la aproximación en sentido contrario. Cuando ya estaba a punto de aterrizar comprendí mi error al ver que el pasto abajo mío pasaba a demasiada velocidad. ¡Estaba aterrizando al revés! Empujé la barra al máximo y enseguida me coloqué en posición de protección con mi cuello firme, mis manos en la cara y mis codos defendiendo mis costillas. El triángulo tocó tierra a bastante velocidad, cayó fuertemente la nariz y la inercia empujó la cometa de tal forma que di la vuelta y quedé “patas arriba” sobre la vela atrapado en mi arnés, afortunadamente sin lastimarme. Edgar llegó corriendo gritando, – ¿Madrigal está bien? ¡Qué diablos hizo que aterrizó al revés! – Avergonzado le confesé que venía muy distraído por tan bello vuelo y no me fijé en el aterrizaje. Me ayudó a soltarme de la cometa. Me di cuenta que doblé unos cuantos tubos y rompí el ala derecha, pero afortunadamente yo estaba bien. Después le decía…–¡Edgar que vuelazo…que vuelazo! –

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