Rincón Poético

La Pálida Arena

Fue una tarde de toros soleada y roja...
Manolas por doquier con encajes de tonos
Y peinetas de carey semejando la cresta de un pavo real.
Caminan erguidas y en espera
de una mirada sigilosa y pura,
que ofrezcan en su "paseo"
con donaire y gracia la gorra y su capote.

El toro mira con sigilosa espera, empuja y muge...
Ya suena el clarín y el pasodoble
al compás de los ¡Oles!.
Los toros son gladiadores que sus bramidos
dejan entrever que hay que salir triunfante
de ese funesto y esperado fin.

Que contraste aquellos vestidos de luces
con la inquietante mirada de la bestia
y el dolor agudo de las banderillas en sus sangrantes carnes.
Hay cierta maldad en el humano,
que se aprovecha del grito amordazante
del infeliz cuadrúpedo que mira desafiante...

No sé, si siento compasión por la doliente bestia
o me uno al ¡olé! de las proezas del torero,
o ambos, es lo propio...
Es juego duro, entretenido y cruel,
que deja en el alma un profundo dolor
y como dice el poeta "hay días en somos
tan sórdidos, tan sórdidos"...

El toro resopla y cae... Apaga su dura valentía
y en la pálida arena rumorosa
se refleja el cuerpo ensangrentado
de la inerte bestia.

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